—¡Vaya, muchacho.... Ten valor!... Fía en mí.... Si algo tenemos que me parezca grave, no tardaré en avisarte... pero no quiero que vivas engañado.... Todas las cosas tienen su fin.... El estado general de tu tía es malo, malísimo, pero, repito: por ahora no hay que temer.... Más tarde, cualquier día.... En fin.... ¡Dios dirá! Vete con Dios.

Al pasar hablé con Andrés.

—No tengas cuidado, amito. Iré todas las noches.... Vete tranquilo.... Anoche estuve con tu tía y estaba muy contenta.

Y tomé el camino de la hacienda. El corazón me iba diciendo que tía Carmen no viviría mucho.... ¡Siete años de enfermedad! ¡Ya era tiempo!...


LXII

No me atreví a pedir licencia para ir a Villaverde, aunque las noticias recibidas esa tarde no eran buenas. Tía Carmen había tenido calentura muy ligera. Un resfriado, en concepto del doctor, y nada más. Sin embargo, no estaba yo tranquilo.

Trabajamos en el escritorio hasta las ocho de la noche, y al sentarnos a la mesa, me dijo don Carlos:

—Mañana, después de misa, escribirá usted esas cartas, y por la tarde haremos la liquidación esa. Quiere Gabriela unos papeles de música. Me dice que están en el piano; recójalos usted y mándeselos. Ahí en la mesa está la lista....

Cenamos alegremente. El señor Fernández estaba de buen humor, y durante la comida charló a su gusto de las fiestas de Villaverde. Después habló de trabajos agrícolas y de las obras del camino de hierro.