—Un pajarito.
—¿Un pajarito?
—Sí.
—¿De qué color? ¿Azul, como el de los cuentos?
Angelina no me contestó, y como si creyera que había dicho algo inconveniente siguió hablando de otra cosa: de la obra que tenían empezada, de no sé qué...
Yo me complacía en mirar los ojos de la doncella, aquellos ojos soberbios, negros, rasgados, sombreados por la rizada pestaña y la negra y arqueada ceja. Advirtió Angelina que la miraba yo con interés de amante, y se encendió al igual de los pétalos que llenaban el plato.
—Angelina... ¿qué dijo el pájaro azul?
Sonrió dulcemente, y me respondió, bajando la mirada:
—Que.... ¡Es usted muy curioso!
—No tengo yo la culpa. Usted despertó mi curiosidad.