Desde Europa, no es fácil formar concepto de la verdad de las cosas americanas, y admirados de lo que nos cuentan creemos, con cierta candidez, que Chicago está construída como una ciudad europea; ¡qué error! aquí no hay urbanización propiamente dicha, ni aceras, ni rasantes uniformes, ni cloacas, ni... iba á decir casas, porque lo que cubre el encasillado de esta superficie poblada son cottages que alternan con hoteles inmensos, casas de madera que se construyen en tres meses, y que forman el relleno de los espacios que circuyen las calles anchas, rectas, inacabables, cruzadas por cables-tranvías, moviéndose sin interrupción sobre rodillos cuyos ejes rechinan como protesta de tan ímprobo trabajo.

Claro es que hay en esto excepciones, y que, siendo Chicago una población de gente riquísima, en sitios preferidos, se han construído palacios, hotelitos primorosos de familias acomodadas y parques grandiosos que adornan el cuadro, siendo esto excepciones que informan la regla general de calles sucias, de aceras que cambian cada veinte pasos de rasante, formadas por cuatro tablas que se cimbrean y que esconden lo que no debe verse ni puede decirse.

Pero lo raro en todo esto es que, sentada la ciudad en un llano y á orillas del lago Michigan, los ingenieros que proyectaron la primera red de cloacas no acertaron con el desagüe apropiado á las necesidades del servicio, y hoy, con ser Chicago tan rica, no se atreve á emprender la regeneración del subsuelo, ante el importe de veinticinco millones de dollars, que costaría la urbanización completa de la ciudad.

El general Smith cita en su folleto dos ó tres proyectos que están en estudio sobre el particular; pero como no hallo en ninguno de ellos cosa alguna que ofrezca novedad, paso á otra materia, que la tiene en alto grado para los que en punto á vialidad no creemos que deba sacrificarse el ornato de las poblaciones al ideal americano de moverse con holgura, comodidad y rapidez. Y son en esto tan radicales los puntos de vista, que el general propone la construcción de tres grandes medios de comunicación para Chicago: la subterránea, la de nivel y una tercera á la altura de los primeros pisos. La subterránea para viajeros, la de nivel para carros y camiones, y la última para viandantes; libres así de las ansias del tránsito rodado que, dice el general, sería very enjoyed by the ladies.

Figúrense mis lectores una ciudad que en vez de tener sus aceras montadas á unos cuantos centímetros por encima del arroyo, se alzaran á cinco metros de altura, y dígaseme si esto, que parece en Chicago aceptable y que es muy posible se realice en breve, no trastornaría por completo todos los puntos de vista de nuestra arquitectura, ingeniería y policía municipal, poniendo de golpe, en tela de juicio, cuanto hemos discurrido, pensado y sentido los europeos desde que el arte y la ciencia se compenetraron para construir las ciudades artísticas que son el orgullo de la raza latina y el modelo en que han hallado su mejor inspiración las razas sajonas.

Y que esto se hará en América lo dicen los elevados de New-York que siguen los ejes de las mejores avenidas, enseñoreándose de toda la ciudad que llenan de humo, polvo y ruido, encaramándose como Asmodeo para visitar todos los hogares que dominan con un desenfado digno del procedimiento americano, en que la libertad no puede representarse por curvas que se tocan tangencialmente, sino secantes que producen choques diarios y éxitos que sólo favorecen al más fuerte.

Si en Barcelona se intentara construir un ferrocarril elevado que siguiera los ejes de las ramblas y del paseo de Gracia, sin considerar la belleza de nuestras mejores calles y más preciados puntos de vista, se produciría una verdadera revolución que se llevaría de cuajo todas las simpatías de la ciudad.

Y dejando á un lado tan extraños procedimientos, voy á decir algo, aunque ligeramente, de los edificios de 10, 15 y 20 pisos que en New-York y Chicago se levantan, sin preocupaciones arquitectónicas, ni más objetivo que sacar de una superficie determinada la mayor renta posible. Los negocios exigen centros de contratación, comunidad de ideas y sentimientos, algo que la distancia relaja y que la facilidad y el contacto de las gentes afina y perfecciona. Por esto los hombres de negocios necesitan tener sus despachos y oficinas, con todos sus anexos, en los centros de población. Chicago lo tiene en Downtown, y lo que no alcanza en superficie de nivel, lo consigue superponiendo pisos y aprovechando los recursos de los procedimientos de construcción modernos y los mecanismos de la ingeniería.

Una casa de 20 pisos sin ascensor sería un pájaro sin alas, una aspiración sin realidad posible; así como una balumba tan enorme de pisos que espanta, resultaría una torre de Babel moderna si no se conocieran, aunque sea empíricamente, las fórmulas de resistencia de materiales que son la garantía de los éxitos alcanzados en América al construir los edificios que son el orgullo de los yankees y el pasmo de las gentes. Pero lo que debe averiguar el europeo es, si hay, en todo esto, algo nuevo, y si lo nuevo ofrece garantía bastante y capaz de sostener la legitimidad de ese orgullo de raza que tanto desdén muestra por todo lo que no es americano, como si la mecánica y la construcción no las hubieran aprendido en nuestros libros y fundido sus obras al calor de nuestro espíritu y con el trabajo maravilloso de los siglos, acumulado por las razas pobladoras del mundo antiguo.

Y, ¡coincidencia singular! mientras el pueblo americano muestra su genial poderío enseñándonos esas moles sentadas sobre emparrillados de acero, rellenos de hormigón, formadas de columnas y tirantes metálicos que parecen desafiar el poder destructor de los tiempos, los autores de estas obras, con la experiencia de los resultados, han llegado á convencerse de que lo único nuevo que habían practicado es peligroso, y muestra ser tan deficiente que han de cambiar de rumbo, si la estabilidad de esos grandes edificios ha de ser una verdad y una garantía de que alcanzarán vejez larga y provechosa.