El razonamiento de Pullman, que á los 62 años está en pleno vigor de la vida, fué el siguiente: «Si construyo vagones que valgan dos ó tres mil duros más de lo que valen los construídos actualmente, todos los fabricantes lo harán con ventaja, y en las mismas condiciones que yo lo hago; lo único que me da ventaja es la suposición de que mis innovaciones son un derroche y una locura.»

El primer vagón que transportó el féretro de Lincoln, llamado Pioneer, y que por sus dimensiones obligó á desmontar parte del material fijo de la vía por donde debía pasar y que tanto asombro causó, hoy podría construirse por 8,000 dollars, y parece tan pobre y desmedrado, como ricos y ostentosos son los que se fabrican en la actualidad.

Dejamos el vagón histórico y entramos en el taller de vagones-palacios. Poca gente y escaso movimiento en todas partes; parece aquella inmensidad un cuartel abandonado; muchas cuadras ventiladas, llenas de luz y unos cuantos vagones en construcción. En cada cuadra pueden construirse solamente 5 Pullman-cars, subdividido así el espacio por temor á un incendio. En el primer compartimiento hay dos vagones, uno con su esqueleto de madera perfectamente ensamblada y cepillada, el otro, pintado, dorado y barnizado con una pulcritud admirable. Y mientras hago estas observaciones, dice nuestro amable cicerone: «El trabajo está aquí muy dividido, pasan por cada coche y antes de su completa terminación, quince brigadas de obreros. Las maderas interiores son de caoba fina de México y Cuba, la parte externa tiene 18 manos de pintura, poniéndose encima de ella el dorado y después el barnizado. Las cajas van montadas sobre boggies de seis ruedas y en cada boggy se emplean 450 tornillos.»

Salimos de las cuadras de construcción de Pullman, atravesamos rápidamente la sala de plantillas, echamos una rápida ojeada al depósito ó secadero de maderas destinadas á los vagones de viajeros, y entramos en uno de los edificios más curiosos de la colonia, y que sería muy conveniente conocieran los que son y los que han de ser concejales de Barcelona.

Oigamos lo que dice Mr. Duane Doty:

«Este alto edificio cobija el centro donde van á parar los detritus de la colonia; en este pozo actúa una bomba aspirante tan poderosa que sería capaz de levantar un carro cargado con su caballería, y siendo este sitio el punto donde confluyen tantas inmundicias, observen ustedes que no hay olor alguno; el secreto lo van ustedes á ver enseguida», levanta la tapa del pozo, aproxima una hacha encendida á la boca y en seguida se nota que la llama se dirige, ardiendo con gran fuerza, hacia el fondo. Este fenómeno no es difícil de explicar: el juego de la bomba produce un vacío enorme en el fondo del pozo, y la presión atmosférica, actuando sobre el mismo, produce una corriente de arriba abajo que arrastra con gran facilidad todos los gases menos densos que el aire, saliendo por el tubo de aspiración que descarga en la atmósfera, á 195 pies sobre el nivel del poblado. Todas estas aguas sucias lanzadas á tres millas de distancia sirven para regar y mejorar las tierras de una extensa comarca.

Y sigue diciendo el cicerone: «Observen ustedes estos frascos, uno de agua destilada, otro de agua del Michigan, otro del lago Calumet y otro de agua de estos pozos, ya saneada; y verán que, después del agua destilada es la que tiene menos impurezas».

Salimos de allí para ver el gran cuarto de máquinas, la máquina de 2,500 caballos de fuerza que sirvió en la Exposición de Filadelfia de 1876 para mover todos los elementos de trabajo de aquel gran Certamen. Y dice Mr. Duane: Mr. Pullman compró esta joya The handsomest large engine in the World—la más hermosa del mundo—en aquella feria, frase yankee estereotipada que nos persigue como la sombra de Banquo y que dice, ó quiere decir: mísero mortal, abandona toda esperanza; después de los Estados Unidos de América, no hay más allá. The best in the World en calles, plazas, edificios, máquinas, sombreros, tejas, medicinas, el non plus ultra en todo. Pero aquí al menos, la máquina Corliss resulta limpia, hermosa, moviendo majestuosamente su inmenso volante, sin ruido ni trepidación, casi exclamaría sin rubor: The best... si no temiera pecar por donde pecan tantos en América.

Pero no divaguemos, sigamos á Mr. Duane:

«La máquina trabaja á media presión, sus doce calderas medio apagadas esperan mejores tiempos, y los tres mil pies de ejes transmisores no transforman la fuerza más que en corto recorrido.»