Sigue nuestra visita por el taller de maquinaria destinada á la fabricación de tornillos, y nos dicen que 80 hombres pueden producir 50 toneladas de estas piezas al día; vemos como se empalman las ruedas á los ejes á la presión de 45 toneladas y todo el material necesario para la fabricación de llantas, roblones, ejes, etc., etc., y sigue Mr. Duane con satisfacción mal contenida: «podemos construir, con esta maquinaria, 50 vagones de mercancías por día, ó sea un carro cada 12 minutos; fabricamos también 400 ruedas de hierro fundido para vagones de mercancías, y sin obstáculo, podemos entregar, semanalmente, 18 trenes de tranvías, compuestos de tres Pullmans cada uno, cuando la colonia está en plena actividad.»
«Poseemos 900 máquinas de variadas dimensiones, reparamos 2,500 vagones dos veces al año, y todo esto y más lo producen unos 6,300 obreros que, con sus familias, forman una población que reside en esta colonia y que suma unas 12,000 almas. «Los obreros» y esto lo han escuchado los nuestros con mucha atención, «trabajan siempre 10 horas diarias, y en verano un poco más, para que el asueto pueda empezar el sábado á la una de la tarde.»
«Los jornales se pagan ordinariamente á razón de 2 dollars por persona; trabajan también á destajo, ganando 3 y 4 dollars diarios. Por lo general, cobran quincenalmente con cheques del banco Pullman, cobrándose anualmente términos medios comprendidos entre 467'02 dollars y 610'73.»
Después de almorzar en el Florence hotel, albergue cómodo y elegante, que podrían envidiar nuestras mejores ciudades, Mr. Duane Doty nos hizo proseguir la interesante visita, interrumpida á las 12 del día, de los principales edificios de la colonia Pullman.
Junto á la estación del ferrocarril de Illinois y enfrente de una gran plaza, la empresa levantó un palacio de piedra, ladrillo y hierro llamado «Arcade», que, entre otras cosas, contiene dos grandes centros de civilización para la clase obrera, una hermosa biblioteca, con 8,000 volúmenes y un teatro espacioso. La primera me causó envidia; forma su planta una cruz que cubre una alfombra que amortigua el ruido de los visitantes, y su recinto espacioso, lleno de anaqueles puestos al alcance de la mano, barnizados y pulidos como espejos, conteniendo libros hábilmente encuadernados, que pueden ponerse sobre grandes mesas iluminadas por la luz que filtra por ancha claraboya, más que biblioteca pública donada á la colonia para instrucción y esparcimiento de la clase obrera, me pareció refugio intelectual de un refinado que aviva sus ideas al calor del lujo y del confort, entre muebles, libros y revistas, que son medio simpático á toda inteligencia cultivada.
El teatro me pareció menos afortunado en su forma, repartición y adorno. No tienen los yankees el don de la belleza, y con el afán de innovar y separarse de los viejos moldes, buscando algo nuevo que responda á la idiosincracia de las nuevas sociedades, divagan y se pierden en un mar de líneas y formas extrañas, cuyo alcance no es posible adivinar.
Salimos de la Arcade y visitamos una casita que dudo tenga más de dos mil palmos cuadrados, habitada por uno de los dibujantes de la empresa. Este señor gana 100 dollars al mes, y gasta 22 en casa. No vi en ella nada nuevo y que valga la pena de describirse, como no sea la afirmación rotunda de que una familia algo numerosa no podría vivir allí sin ahogarse.
No olviden ahora mis lectores, que la sociedad Pullman dedica sus vagones de lujo á la circulación general de la inmensa red de ferrocarriles de Norte América y que, en sus palacios, se come y se duerme, corriendo á su cargo la manutención y lo que se necesita para la cama y mesa de numerosísima clientela. Claro es, por tanto, que la cuestión del lavado tiene en esta empresa una importancia de primer orden. Síganme, pues, al lavadero que dista tanto de recordar las escenas de L’Assommoir como dista un palacio de una pocilga, para ver cómo se lavan cada día 80,000 piezas de todas clases.
En la planta baja parece natural, ya que de lavar ropa, secarla, repasarla y plancharla se trata, buscar lavaderos, extensas cuadras de calefacción y nuestras planchas seculares. Pues lo natural no resulta serlo aquí, porque el material destinado á este servicio está completamente transformado, y los viejos moldes que suponen y exigen aquel bullicio aterrador de mujeres picando y chillando, como cotorras, en los lavaderos europeos, están convertidos en máquinas movidas por obreras que parecen señoritas, limpias, atildadas, que llevan la cabeza cubierta con una gorra de pinche de cocina y que, sin ruido ni afectación, repasan y planchan ropas lavadas por medios químicos y secadas por procedimientos mecánicos, centrífugas que arrojan el agua en forma de surtidor rotativo, y que planchan cilindros calentados con gas y á conveniente temperatura para no quemar la ropa.
Todo esto interesaría á nuestras mujeres tan celosas de los cuidados domésticos, que verían muy pronto dos cosas notabilísimas: que las ropas no duran un par de meses, quemadas por los agentes químicos y los procedimientos mecánicos, y que el repaso de las averías, hecho con máquina, resulta una labor tan chapucera que causaría lástima á una muchacha de ocho años, educada en la escuela más desamparada de una aldea española.