—¡Ay compadrito, si Ud. supiera lo que me pasa, estoy seguro que no se reiría de mí sino que me salvaría!
El compadre León al oirlo hablar con tanta pena, le preguntó:
—¿Qué le pasa, compadrito?
Y el Monito le contestó:
—¡Qué malos son conmigo, compadrito! ¿a quién se le ocurre que un Monito tan chico como yo se va a comer una ternera tamañaza, y más no teniendo ni una pisquita de ganas de comer? ¿por qué, compadrito, usted que es tan bueno y es bien grande no se come la ternera y me salva a mí?
El compadre León llevaba harta hambre, porque hacía hartazos días que no probaba ni agua, así es que le dijo al Monito:
—Bueno, pero ¿qué hay que hacer?
Entonces el Monito le contestó:
—Primero me tiene que cortar las amarras, quedando usted en mi lugar. Después vendrán dos hombres a preguntarle si se come la ternera, y usted les dirá que sí, que se la come toitita. Entonces le entregarán la ternera y lo dejarán en paz con su pancita bien llena.[{159}]
—Muy bien le dijo el compadre León, manos a la obra; y ligerito desató al Monito, y se puso él en su lugar para que lo amarrara.