El Monito lo amarró bien amarrado para que no se fuera, y cuando acabó de amarrarlo, le dijo:

—Adiós, compadrito León, que goce mucho con la ternera y que no se vaya a empachar.

Y se fué, dejando al compadre León bien amarrado y con la boca que se le hacía agua.

El compadre León llegaba a menear la cola de contento y no hallaba las horas que le trajeran la ternera.

Por fin llegaron los hombres con los fondos de agua hirviendo y la barra de fierro, que llegaba a venir coloradita de lo caldeada que estaba. El León creyó que la barra era el asador que había servido para asar la ternera y que a la ternera la traían en los fondos.

En cuanto llegaron los hombres le dijeron:

—¡Ah! endenantes erais Monito y ahora te volvisteis leoncito; pero esto no te servirá de nada.

El compadre León, creyendo que le preguntaban si se comía la ternera, contestó:

—¡Sí me la como! ¡Sí me la como!

—Si ya te la vais a comer, Monito diablo, le dijeron; y diciendo y haciendo, le han echado encima los dos fondos de agua hirviendo y me lo han dejado lo mismo que pollo en punto de echarlo a la cazuela; y más que ligerito y antes que el compadre León se repusiera, le han metido la barra caldeadita por el poto, y se lo dejaron lo mismito que luche.