El compadrito León, del dolor que le dió, cortó las amarras y se arrancó antes que le hicieran otra cosa peor. Se fué bramando lo mismito que un buey cuando lo marcan.
Cuando iba corriendo, le salió al camino su compadre Monito y desde lejitos le dijo:
—¿Qué hubo, compadrito León, potito quemado? ¿se comió la ternera? ¿Bueno que estaría bien rica, no?[{160}]
El compadrito León potito quemado casi no podía hablar del dolor; pero se paró un ratito y le contestó:
Ya me las pagarís bien, Monito picarón.
Una vez que se mejoró el compadrito León potito quemado, se fué donde una comadre Zorra que tenía, que era el mismo diablo y veía debajo del agua, a preguntarle como haría para pillar al Monito. La comadre Zorra cuando vió a su compadre León con el poto quemado, casi se murió de la risa que le dió y le hizo muchísima burla. Después que se cansó de reir, le aconsejó al compadre León que se fuera a la orilla del río y se escondiera bien detrás de una piedra, sin hablar ni una sola palabra, porque todos los días iba el Monito a tomar agua ahí.
El compadre Leoncito potito quemado le dió las gracias, y se fué a donde la Zorra le había dicho y se escondió y esperó que llegara el Monito.
En esto estaba cuando llegó el Monito y le mereció ver la punta de la cola al compadrito León. Entonces el Monito se puso todo malicioso y antes de tomar agua comenzó a decir:
—Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?... Agüita ¿te tomaré?...
Y así siguió hasta que el compadre León se aburrió y le dijo: