—Bueno, compadrito, ya que no me perdona, no me agarre de esa manito porque la tengo enferma; agárreme esta otra.
El compadre fué a agarrarle la otra mano; pero en vez de la mano le agarró el palito que le alargó el Monito. Donde el Monito, en cuanto se vió libre, se arrancó gritando:
—¡Buena cosa, mi compadre Leoncito potito quemado! por agarrarme la manito me agarró el palito.
El compadre León agarró el palito y lo hizo pedacitos, jurando y perjurando porque el Monito había vuelto a hacerlo leso.
Otra vez se fué donde la comadre Zorra.
La comadre, al saber lo que había pasado, agarró una varilla y le sobó el lomo al compadrito León para que se le quitara lo pavo. Después que le dió unos cuantos varillazos, le dijo:
—Váyase a la mata de palma donde el Monito va a almorzar, por detrás de los sauces para que así no lo vea, y no le haga caso de nada, y lleve un buen cordel para que lo traiga amarrado.
El compadre León le dió las gracias a su comadre Zorra y le prometió seguir su consejo al pie de la letra.[{162}]
Desde arriba de la palma divisó el Monito al compadre León, que venía haciéndose el lesito, y se puso a gritarle:
—Compadrito León potito quemado, ¿por qué no se sube a la palma a comer coquitos conmigo? ¡mire que están muy ricos! Al León se le hacía agua el hocico y ya le parecía que estaba comiendo coquitos; pero se acordó del encargo de su comadre Zorra y de los varillazos que le había dado, y le contestó al Monito: