—No quiero cocos, a comerte vengo.
Pero el Monito le dijo:
—Suba no más, compadrito, después que comamos coquitos me come a mí. Tíreme una punta del cordel y usted se amarra de la otra a la cintura y yo lo subo.
Ya se estaba haciendo tarde, así es que el compadre León, de puro aburrido que estaba, hizo lo que el Monito le indicaba: le tiró el cordel y él se amarró bien a la cintura. El Monito le decía:
—¡Ay compadrito! ¡cuántos coquitos se va a comer, y después me comerá a mí!
Mientras el León iba subiendo, el Monito se iba bajando. Cuando el compadre León iba a llegar arriba, vió que el Monito estaba abajo. Lleno de rabia le dijo:
—¡Ah, pícaro! me habís engañado! pero me las tenís que pagar no más!;—y ya se iba a bajar, cuando le dice el Monito:
—Ya está frito mi compadrito León potito quemado; y lo amarró bien firme a la palma, dejando al pobre Leoncito colgado.
El Monito principió a hacerlo rabiar, diciéndole que era un tonto, que ya lo había hecho leso tres veces y todavía no escarmentaba y que para celebrar la diablura que había hecho se iba a robar más charqui.
El compadre León ya estaba desesperado porque nadie lo sacaba, sino que, al contrario, pasaban y le hacían burla como un diablo.