En esto pasó su comadre Zorra y lo vió y en vez de apurarse en sacarlo, lo principió a retar. El compadre León[{163}] le pedía perdón diciéndole que ya no iba a ser más tonto. Entonces la comadre Zorra lo perdonó, y por librarlo más luego, cortó el cordel; donde el pobre León, hijito de mi alma, casi se mató del costalazo que se dió.
La comadre Zorra, después que lo retó otra vez bien retado, le dijo:
—Mire, compadre, fíjese bien en lo que le voy a decir, porque si no hace lo que yo le digo, yo misma le doy la contra. Váyase a la cueva de la bruja que está detrás del cerro del Palomo, y ahí me pilla al Monito con toda seguridad, porque ahí va todos los días a machacar el charqui. Y adiós, compadre, no se le olvide lo que le digo, y no vaya a ser cosa de que vuelva a meter la pata otra vez.
El compadre León potito quemado se fué a donde la Zorra le había dicho. Cuando llegó a la cueva, pilló adentro a mi buen Monito, machacando charqui. El compadre Leoncito se paró en la puerta y le dijo:
—¡Ah Monito pícaro, al fin te voy a matar, después de tanto tiempo que te has reído de mí!
El Monito, sin afligirse ni apurarse, le dijo:
—¡Buena cosa, compadre, que usted se moleste tanto por mí, cuando yo estaba pensando ir ahora mismito a verlo para pedirle perdón!
—Pícaro, le dijo el León ¿todavía no estáy contento con lo que te hay reído de mí? pero ya no te reirís más, porque tu fin ha llegado. Reza el acto de contrición.
Entonces el Monito le dijo:
—Bueno; ya que viene tan guapo, sírvase un pedacito de charqui, que está muy rico.