—No quiero—le contestó el León;—el único charqui que voy a comer eres tú; así es que prepárate.

—Bueno—le dijo el Monito;—pero como todos los reos que están en capilla tienen derecho de pedir y que se le conceda una gracia, yo pido que para que mi compadre León me coma mejor, me deje acabar este charqui, y después, para que yo no sufra tanto, usted abre la boca y[{164}] cierra los ojos, y yo me tiro de cabeza dentro de su hocico. Pero, mi compadrito Leoncito ¿por qué no me perdona mejor? si todo lo que le hey hecho ha sido pura broma, por juar no más, y para ver qué cara ponía!

Aburrido ya el León de tanta lata y pensando que se le podía escapar, le dijo:

—Ya te has comido todo el charqui y te he concedido todo lo que tú querías, así es que te espero.

El compadre León se sentó en la puerta, y el Monito le dijo:

—¡Ya voy!

Entonces el compadre León abrió la boca y cerró los ojos; pero el pobre León no contaba con lo que le iba a pasar: el Monito tomó la piedra en que estaba machacando el charqui y se la zumbó en toita la cabeza, haciéndosela pedacitos.

El Monito, contento de su obra, se puso a bailar de gusto, y quiso conservar un recuerdo de su compadrito León, que tanto y con tan poca suerte lo había perseguido. Agarró un cuchillo y se puso a descuerarlo. Cuando ya acabó de sacarle el cuero, lo puso al sol para que se secara. Al otro día volvió y como lo encontró seco, se puso a hacer un lazo con el cuero del pobre Leoncito. Cuando acabó de hacerlo, se puso en la puerta a bornearlo para ver cómo le había quedado. En esto estaba, cuando pasó la Zorra y le dijo:

—Qué bonito tu lacito, Monito; ¿querís que lo probemos?

—Métele—le dijo el Monito.