Han de saber que había una vez en el Norte un ladrón famoso, tan ladino y sutil para hacer sus robos, que nunca pudo probársele ninguno, no obstante que, en muchos casos, faltó poco para pillarlo con las manos en la masa, como se dice. Su nombre era Chilindrín.

La fama de este ladrón corrió por todo el país y llegó a noticias de Chilindrón, otro ladrón, también de fama, que había sentado sus reales en tierras del Sur. Y como tanto se hablara de sus hazañas y con tan vivos colores las pintaran, Chilindrón deseó vivamente conocerlo, cultivar su amistad y pedirle lo nombrara su segundo, si resultaba cierto lo que de él se decía, que lo superaba y le daba ciento y una en el difícil y arriesgado arte que ambos ejercitaban. Y se puso en camino para ofrecerle sus servicios.

Pero, por el mismo tiempo, la fama de Chilindrón, desbordando del campo de sus fechorías, atravesó el centro del país y llegó al Norte; y sus aventuras, revestidas del ropaje de lo maravilloso, infundieron en Chilindrín el deseo vehemente de conocer a Chilindrón y ponerse a sus órdenes, si no mentían los que relataban sus fechorías. Y montando en su caballo, partió para el Sur. En ese tiempo no había trenes en el país, ni los caminos eran buenos, así es que uno y otro demoraron largo tiempo para arribar a las cercanías de la capital. Pero al fin de muchas peripecias y fatigas y de largos días de marcha, llegó Chilindrín a un tupido bosque que crecía en una llanura no distante de la ciudad, y desmontándose del caballo, se sentó en el suelo a descansar, apoyada la espalda en un frondoso roble.

Poco después llegó Chilindrín al mismo sitio, y sin bajarse del caballo, saludó al que descansaba:[{170}]

—Buenos días, mi amigo, ¿durmiendo la siesta?

—No, amigo; espero solamente que pase el calor para continuar viaje al Sur.

—Pues yo voy al Norte, y si a usted no le parece mal, bajaré de mi caballo, y mientras llega la tarde, pitaremos un cigarro y echaremos un párrafo para acortar el tiempo.

Y descendiendo de su cabalgadura, se sentó al lado del otro, y dijo:

—¿Querrá creer, compañero, que hace ya veinte días que marcho sin descansar? Y quizás cuánto me falte todavía para dar con el que busco!

—¿Y se puede saber tras de quién anda? si no es indiscreta la pregunta.