—Indiscreta no, pero usted sabe que las paredes tienen oídos y los matorrales ojos; mas, como usted me inspira confianza, le diré al oído que a quien busco es al famoso ladrón Chilindrín, que me dicen es el número uno para robar.
Y todo esto se lo dijo muy quedo, muy quedito, casi pegada la boca a la oreja de su interlocutor.
—Pero, amigo, si soy yo Chilindrín, que he dejado mis canchas para conocer a Chilindrón, de quien cuentan maravillas y no acaban.
—Y yo soy Chilindrón, amigo de mi alma.
Y ambos ladrones se abrazaron efusivamente.
Conversaron un buen rato, hasta alentar la confianza; y después de reposar un momento, entablaron este diálogo, comenzando Chilindrón:
—Compañero, no se imagina usted qué gustazo tendría yo si lo viera ejecutar una de sus hazañas.
—Y yo diera lo que no tengo por verlo hacer a usted una de las que tanto renombre le han dado.
—Comience usted, hermanito, que viene del Norte.
—Aunque esta no es una razón para que yo comience, empezaré yo. ¿Ve ese nido de águila que está en la copa de este mismo roble? El águila está echada en él y yo le voy a robar los huevos sin que me sienta.[{171}]