Y escupiéndose las manos Chilindrín, con la suavidad y el tiento de un gato subió por el tronco, y tan bién lo hizo, que no se sintió ni el menor ruido.
Chilindrón esperó que Chilindrín fuera por la mitad del tronco, y entonces, imitando a su flamante amigo, se escupió también las manos, y subió tras él, sin ser sentido.
Cuando Chilindrín llegó a lo más alto del árbol, con mucho tino metió la mano en el nido, y sin que el águila se diera cuenta de lo que pasaba, retiró un huevo y se lo metió en el bolsillo. Pero Chilindrón, que ya había llegado hasta donde estaba Chilindrín, con el mismo tino y suavidad que éste, metió la mano en el bolsillo de su amigo, y sacándole el huevo recién robado, lo guardó en su propio bolsillo.
Y esta operación se repitió por cuatro veces, pasando los huevos del nido al bolsillo de Chilindrín y del bolsillo de Chilindrín al de Chilindrón, sin que el águila ni Chilindrín advirtiesen las jugadas que se les hacían.
E inmediatamente de guardarse el cuarto huevo, Chilindrón se deslizó por el tronco y con aire de afectada curiosidad se puso a mirar como bajaba el famoso ladrón nortino, a quien, en cuanto puso pie en tierra, preguntó:
—¿Y cómo le fué, compañerito? ¿Lo sintió el águila?
—Ni siquiera se meneó, compañero. Aquí traigo los huevos.
Y Chilindrín metía las manos en sus bolsillos, las pasaba de uno a otro, se palpaba todo el cuerpo, y, no encontrando nada, exclamó:
—¡Caramba! ¿dónde los he metido? ¿qué se han hecho?
—No busque más, compañero,—le dijo Chilindrón,—aquí están los huevos que usted le robó al águila y que yo se los iba robando a usted a medida que usted los guardaba en sus bolsillos. Donde hay uno hay otro, y nunca falta un roto para un descosido, y para un Chilindrín aquí tiene usted un Chilindrón.