—¡Vengan esos cinco jazmines, compañero! Usted[{172}] es más diablo de lo que yo me imaginaba, y con usted me ha salido el futre. Juremos ser hermanos en adelante y vivir y trabajar juntos, y entonces ¿quién podrá nada contra nosotros?
Y con un apretón de manos sellaron el pacto de vivir unidos y marchar siempre de acuerdo.
Nuestros dos ladrones se establecieron en las afueras de la capital; y como necesitaban de una persona que los cuidara en caso de enfermedad y atendiera a los menesteres de la casa, acordaron que Chilindrín se casaría con una hermana joven y bien parecida que Chilindrón tenía en el Sur y que hicieron venir.
Se casó, pues, Chilindrín, y todo marchaba a maravilla, pues los dos amigos, con sus robos, se daban toda clase de comodidades.
Gobernaba en ese entonces el país un Rey muy rico, que había recibido de sus antepasados una enorme fortuna, que él, por su parte, había acrecentado prodigiosamente. Las joyas, alhajas y monedas de oro que componían esta fortuna, formaban grandes montones que se guardaban en una elevadísima torre construida especialmente para este objeto, a los pies del palacio, y la cual visitaba el Rey el día primero de cada mes.
Nuestros ladrones, que oyeron hablar de estas riquezas, se propusieron robarlas, y para el efecto, una noche, pasando por los techos de unas casas a otras, llegaron hasta la torre, y como si fueran lagartijas, se pegaron a la muralla y subieron hasta lo más alto, donde encontraron una especie de ventana, o más bien tronera, que tenía atravesado un grueso barrote de hierro. A éste, después de quebrar un vidrio, ataron una soga que llevaban consigo, y se deslizaron por ella, primeramente Chilindrín y en seguida Chilindrón.
Los ojos de los ladrones no se saciaban mirando tantas[{173}] riquezas, a la luz de un farol, de que también iban provistos; pero era preciso salir antes que llegara el día; así fué que llenaron precipitadamente sus bolsillos de lo que les pareció de más valor, y subiendo por el cordel, que retiraron, se fueron a su casa, bastante satisfechos del resultado obtenido. La visita se repitió varias noches consecutivas, con mejor éxito aun, pues llevaron unos saquetes para el acarreo de lo que robaran.
Pero como los días corren unos tras otros sin que nadie pueda atajarlos por bien que maneje el lazo, llegó el fin del mes, y al día siguiente el Rey, acompañado de sus ministros y consejeros, se trasladó a la torre para depositar el dinero recaudado en los treinta días anteriores y contemplar sus riquezas.
Pónganse ustedes en lugar del Rey y se darán cuenta de cómo se quedaría aquel monarca avaro, que tenía su alma puesta en su tesoro, al ver el enorme hueco dejado por los ladrones en el principal montón, en el que estaban las alhajas más preciadas. Su ira no tuvo límites; desenvainando el sable, arremetió contra sus ministros y consejeros, como si ellos fueran los autores del robo. No es decible cuánto costó apaciguarlo.
Una vez vuelto a la calma, se dedicaron todos a ver por dónde penetraba el ladrón—ellos suponían que era uno solamente—empresa conceptuada poco menos que imposible, ya que la torre no tenía otra entrada que la puerta, y ésta, que era de hierro, tenía muchas cerraduras secretas, sólo conocidas del Rey. Pero no descubrieron el menor rastro.