Cien conjeturas se formaron a este respecto, a cual más descabellada, hasta que un ciego, antiguo ladrón y actual consejero del Rey, que formaba entre los del séquito dijo:

—Que traigan ramas de árboles que estén bien secas y préndaseles fuego aquí adentro, y los que tengan ojos vean desde afuera por dónde sale humo; por ahí seguramente se introdujo el autor del robo.[{174}]

Y efectivamente, así se descubrió la tronera que servía de entrada a Chilindrín y a Chilindrón.

El ciego aconsejó que se guardara completo silencio acerca de lo sucedido y que en el sitio preciso en que debía posar los pies el que bajara desde la tronera, se colocara una gran tina de alquitrán suficientemente espeso para que no pudiera salir el que penetrara en él, y se esperara hasta el día siguiente. Se encontró bueno el consejo y se siguió en todas sus partes.

Ya entrada la noche, a la hora que tenían costumbre, nuestros protagonistas subieron hasta la tronera de la torre y por la cuerda bajó primero Chilindrín; y cuando, soltándola, se dejó caer al suelo, sintió que se hundía hasta el pecho en una sustancia pegajosa, a la cual se adhirió de tal suerte que no podía moverse. Inmediatamente gritó a su compañero que bajaba detrás de él:

—No te sueltes, porque te quedarás pegado, como yo, en esta tina de alquitrán. Balancéate de modo que el cordel contigo tome vuelo, y cuando te hayas desviado bastante del centro, déjate caer y me cortas la cabeza, te la llevas y la entierras donde nadie te vea; así no sabrán quién soy, y tú no te comprometerás.

Con gran dolor de su alma, y sólo después de porfiarle mucho Chilindrín exigiéndole que hiciera lo que le decía, Chilindrón le cortó la cabeza a su cuñado y la dejó desangrar completamente dentro de la misma tina en que quedaba el cuerpo; en seguida la envolvió bien en un gran pañuelo y la guardó dentro del saquete que había llevado; y como en éste quedara espacio todavía, escogió las más hermosas alhajas del gran montón y con ellas lo llenó, y asegurándoselo bien al hombro, subió por el cordel, que dejó colgando del barrote.

El Rey, por su parte, pasó en vela toda la noche, contando las horas que faltaban para coger al ladrón, y anticipadamente gozaba pensando en los tormentos que le haría sufrir en público, para escarmiento de los que pudieran tentarse de repetir la aventura.[{175}]

Y como nadie es capaz de atajar las horas, aunque muchos lo quisieran, fueron sucediéndose una en seguida de otra hasta que llegó el día y el momento en que el Rey y su séquito debían trasladarse a la torre del tesoro.

No es para descrita la cara que pusieron el Rey y sus acompañantes al encontrarse con un cuerpo sin cabeza dentro de la tina. Nuevas iras del monarca y nuevo trabajo de sus acompañantes para apaciguarlo. Quien en definitiva consiguió reducirlo fué el ciego, asegurándole por todos los santos del cielo que todo se descubriría.