Una vez que se restableció la calma, habló nuevamente el ciego:
—Lo que ustedes están viendo demuestra que los ladrones son dos, y no uno solo, como habíamos creído. Para descubrir al segundo, propongo que en un serón de cuero se arrastre por todas las calles de la ciudad el cuerpo aquí presente; adelante irá un pregonero gritando: «Esta es la justicia que hace el Rey nuestro señor, con los que pretenden robarle su tesoro»,—y atrás, mezclados entre los curiosos, irán unos cuantos individuos de la policía, disfrazados de paisanos; y cuando éstos oigan que en alguna casa lloran o se lamentan, pondrán una señal en la puerta de la calle. Después será fácil averiguar en cuál de las casas marcadas vive la familia del ladrón degollado, y como por la hebra se saca el ovillo, teniendo este dato, sin gran trabajo se dará con el ladrón que falta.
Todos encontraron excelente el consejo del ciego, y en la tarde del siguiente día se ejecutaron sus instrucciones al pie de la letra.
Cuando se inició el paseo del cuerpo, Chilindrón andaba en la calle, y como no tenía un pelo de leso, sospechó al punto lo que se pretendía, y más se aseguró en su creencia al distinguir entre la muchedumbre que seguía al cadáver a varios miembros de la policía, disfrazados. Apresuradamente se dirigió a su casa y comunicó a su hermana, la mujer de Chilindrín, las sospechas que tenía, convertidas casi en certidumbre, y le aconsejó que cuando pa[{176}]saran el cuerpo de su marido por frente de la casa, no hiciera la menor manifestación de dolor: y para mayor seguridad, la encerró en una pieza interior. Pero cuando la mujer oyó la voz del pregonero y los gritos de la multitud, no pudo contenerse y se lanzó a llorar a toda boca, de tal manera que, a pesar de las precauciones tomadas por Chilindrón, las lamentaciones de la viuda se oían perfectamente en la calle. Entonces Chilindrón se fué a la cocina y cogiendo una hachuela se puso a partir leña y adrede se cortó el dedo chico de la mano izquierda, y sacando a la viuda de donde estaba encerrada, le mostró la mano chorreando sangre y le encargó que en sus quejas se refiriera a este hecho. Y en efecto, cuando momentos después el muerto y su séquito pasaban por la casa y uno de los soldados de la policía disfrazados entró a averiguar de qué provenían las lamentaciones, oyó que la mujer le decía:—«¡Te has cortado la mano! ¿qué va a ser de nosotros? Ya no podrás trabajar y nos moriremos de hambre», y el herido contestaba:—«Si no es nada mujer, si apenas me he cortado un dedo, que, en buena cuenta, no me hará ninguna falta». El soldado, que vió lo que pasaba y oyó lo que ambos decían, creyó que era cierta la causa del llanto de la mujer y se retiró sin hablar palabra. Pero un segundo soldado, que al mismo tiempo que el otro había salido de la multitud, había hecho, mientras tanto, una cruz con alquitrán líquido en la puerta de la calle.
La casa de Chilindrón fué la única en que se oyeron llantos en ese día. En razón de lo cual el ciego aconsejó que prendieran al hombre del dedo cortado y a la mujer llorona, porque uno y otro debían de ser parientes del degollado. Pero cuando los de la policía llegaron a la calle en que los presuntos reos vivían, no pudieron dar con la casa, porque todas las del barrio, que eran exactamente iguales, tenían en su puerta la misma cruz que el soldado había puesto por señal. ¿Qué había sucedido? Que poco después de pasar el cortejo por su casa, Chilindrón había salido a la calle a asomarse, y al entrar vió la cruz[{177}] en la puerta, y, siempre sospechoso, por lo que pudiera suceder, hizo en la noche otra igual en todas las puertas del barrio.
La pesquisa no dió, pues, el resultado que se esperaba, y la ira del Rey subió de punto, pero de nuevo el ciego lo calmó.
Dijo el ciego:
—Soy de opinión que se deje el cadáver en el cerro que hay en el oriente de la ciudad y se publique por pregón que se le abandona para que sea pasto de los buitres y los jotes; pero mientras tanto, algunos soldados estarán en acecho ocultos entre los espinos del cerro, y en cuanto vean que alguien se acerca para llevárselo, se apoderarán de él. Como por el cerro no transita nadie, es claro que cualquiera que atraviese por ahí, es porque trata de llevarse el cadáver.
El consejo fué encontrado muy bueno, y el Rey ordenó ponerlo en práctica.
Pero Chilindrón, que era más diablo que el ciego, al oir el pregón adivinó lo que se pretendía, y así que llegó la noche, vistió un hábito franciscano, se encasquetó la capucha y armado de unas muy buenas tijeras montó en una mula, en cuyas ancas aseguró un cuero de rico vino añejo recargado con zumo de amapolas, y muchos hábitos de religioso de la misma orden, y las echó para el cerro. A pesar de ser la noche muy oscura, los soldados distinguieron perfectamente un bulto que llegaba al lado del cadáver, al parecer un hombre que bajaba de un caballo, y al punto corrieron hacia él para prenderlo; pero cuando llegaron se dieron cuenta de que el que iban a tomar era un pobre fraile que devotamente rezaba el rosario y que los invitó a hacerle coro. Los soldados no aceptaron la invitación y más bien por fórmula que por otra cosa, le preguntaron a dónde iba y por qué había elegido un camino que nadie frecuentaba. El fraile contestó que en el convento se había concluído por completo e! vino para la misa y había ido a la ciudad a comprar del[{178}] mejor y ahí lo llevaba en un cuero a la grupa de su cabalgadura; que aprovechando el viaje había pasado a comprar veinte hábitos, que también le habían encargado, y que si había escogido el camino que pasaba por el cerro era porque, yendo por él, se libraba de dar una gran rodeo por la falda, y llegaría al convento antes de amanecer. Los soldados comprobaron que verdaderamente la mula cargaba el cuero de vino y los hábitos que decía el padre y al pedirle excusas por el susto que le habían hecho pasar, le rogaron les convidase con un vasito de vino para pasar el frío. Chilindrón les dijo que con mucho gusto y que no sólo un vasito les daría, sino dos a cada uno; y sacando de la manga un vaso de cuerno de tamaño más que mediano, fué llenándolo y pasándolo sucesivamente a todos los soldados, y mientras escanciaba les decía:—«Después que queden satisfechos me dejarán terminar tranquilamente mi rosarito, pues tengo la santa devoción de rezar uno completo, de quince casas, siempre que en mi camino tropiezo con algún difunto».