Terminada la primera rueda, comenzó a servirles de nuevo, pero la fuerza del vino, y más que la del vino, la del narcótico, adormeció a los soldados, que poco a poco fueron cayendo y quedaron tendidos en el suelo como pollos muertos.

Chilindrón esperó un rato, y después de comprobar que no los despertaría ni una carreta que pasara por sobre ellos, sacó sus tijeras y con la maestría de un peluquero de convento, les hizo corona y cerquillo; después los desnudó de sus ropas y los vistió con los hábitos que había llevado; y en seguida hizo un montón de uniformes y les prendió fuego, tiró al suelo el odre y en su lugar colocó el cadáver de su amigo y cuñado, montó en la mula y clavándole las espuelas, emprendió marcha a su casa.

Cuando los vapores del vino y los efectos del narcótico hubieron cesado, los soldados abrieron los ojos y se miraron espantados; creyeron que estaban soñando, pero al fin volvieron a la realidad y comprendieron la san[{179}]grienta burla de que habían sido juguete. Después de deliberar un rato, vieron que no tenían más remedio que presentarse al Rey como estaban, para darle cuenta de la aventura que les había sucedido y que había dado al traste con la comisión que se les encomendara.

El Rey escuchó la relación sin inmutarse y comprendió que se las había con un enemigo con quien no podía luchar, pero, como había que castigar a alguien, ordenó que a cada uno de los soldados le dieran cien azotes, para que otra vez no se dejaran meter el dedo en la boca, y que al ciego lo quemaran, para no recibir de él consejos que, aunque sabios al parecer, habían resultado desastrosos.

Chilindrón siguió robando muy tranquilo algún tiempo más, sin que nadie lo molestara, hasta que, cansado de la vida de ladrón, se fué con su hermana a otro reino muy distante, en donde nadie los conocía, y pasaron ahí la gran vida.

22. JUAN VALIENTE, EL DE LA VAQUILLA
(Referido por el niño Samuel Antonio Letelier, de Molina, de 9 años. Lo oyó contar en Linares.)

Estos eran un Rey y una Reina que tenían muchos potreros llenos de animales, y los cuidaba un hombre muy honrado, que no sabía lo que era miedo, y famoso campañista, el cual se llamaba Juan.

Un día los reyes le mandaron a Juan que trajera todas las vacas, que eran muchas, para ordeñarlas, y Juan las trajo y los reyes se recreaban viendo tanta vaca gorda y cómo las lechaban.

Entre las vacas había una vaquilla flacuchenta y chiquitita. El Rey le dijo a la Reina:[{180}]

—Démosela a Juan para él; este hombre se ha portado muy bien con nosotros y ha hecho crecer y le ha dado valor a nuestra hacienda.