—¿Pa qué sos leso? Yo voy a uscar al Hombre a ver si es capaz de ponese conmigo.

Más abajo, onde ya comienzan los potreros de serranía, vió etrás di una mangu’e pirca el lomo di un güey, con sus cachos.—Es’es el Hombre—pensó,—y que bien regrandazas son las uñas que tiene, pero en la caeza, mientras que yo las tengo en las manos. A ver si es el Hombre.—Y di un salto apareció encim’e la pirca.—¿Vos sos el Hombre?—le gritó.

El Güey se puso a tiritar espantao, y sacando la voz como puo, le contestó:

—Yo no soy el Hombre, iñorcito. El Hombre vive más p’aajo.

—Me querís engañar que no sos vos, porqu’ estay tiritando e cobardía. ¿Y te alimas a peliar conmigo? ¿Pa qué’s ese cuerpo tan regrande y esos armamentos que tenís en la caeza si no pa ganásela a los que no son guapos como yo? ¡Pónele al tiro, si querís!

—¡No, iñorcito, por Dios!, si yo no soy peliaor ni guapo; ya ve qu’el Hombre me tiene bien amansao y que cuando yo’staba más toruno y me le quise sulevar, m’echó unos lazos, me tiró al suelo y me marcó el pellejo con un fierro caliente, qu’entuavía m’escuece; ¿no ve, su señoría, aquí, en las ancas?... y m’hizo otras cosas más, bien repiores, que me dan vergüenza... Después me puso yugo y m’hizo tirar la carreta a picanazos; y aquí’stoy, iñor, paeciendo hasta qui al Hombre se li ocurra matame pa comeme.

—¡Tan regrande y tan... vilote! No servís pa na. Me voy.—Y cortó cerro aajo en busqu’el Hombre.

Ya iba diisando los planes regaos y al acao di una quebrá vió un humito y empués el rancho di una posisión d’inquilino, y se jué acercando espacito a los cercos.

El Perro del inquilino l’olfatió y salió a lairale. El Lión se sentó a esperalo y pensó:—Este si qui ha e ser el Hombre; bien mi habían dicho que nu era tan grande; ¡a mí no me la gana este chicoco!; pero es pura alharaca lo que trae y no se viene al cuerpo.

El Perro le lairaba retiraíto.