—Y de lo primero también, dijo despacito otro trabajador, porque no hace mucho tiempo me dió a mí una media patá que me dolió tanto como si el patrón tuviera herraúras tuavía; y too porque le contesté.
ILUSIONES
32. EL CABRO DE LA CALLE DE BUERAS
(Relatado en 1912 por el niño D. Enrique Alfaro, de 17 años, de Santiago.)
En la calle de Bueras, de Santiago, había, hace años, una higuera, y de entre sus raíces salía todas las noches un cabro que se paseaba de un extremo a otro de la calle.[{257}] Un carnicero, que se llamaba Alejo y vivía en una casa situada cerca de la higuera, siguió una noche al cabro y lo alcanzó; pero, aunque le dió muchas cuchilladas, no le hizo daño, porque era pura ilusión.
33. LA NIÑA DE LOS GRANDES OJOS.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
Una noche iban dos jóvenes un poco chispos por la calle del Galán de la Burra (actual calle de Erasmo Escala, de Santiago) y divisaron, como a media cuadra, a una niña muy hermosa, con unos ojos que brillaban como luces, y a medida que se acercaban a ella, le veían los ojos más grandes; y tanto le fueron creciendo, que al llegar no vieron ni cara ni cuerpo, sino dos enormes ojos que los miraban fijamente. Los jóvenes, huyeron despavoridos, rezando en voz alta.
Se cree que todo fué simple alucinación, producida por la embriaguez.
34. LAS SOMBRAS.
(D. Francisco 2.º Vásquez, 1911.)
Una noche de luna, un caballero tuvo que emprender un viaje de Talca a Pelqui, y para llegar a su destino debía atravesar una montaña a caballo. Al penetrar en ella, el caballo se detuvo espantado, porque debió ver, como vió el jinete, un cadáver tendido en el suelo, no muy lejos, con los brazos abiertos. El caballero también se asustó y para vencer el miedo clavó las espuelas al caballo y lo dirigió derecho hacia el cadáver. Al llegar cerca de él, pudo darse cuenta de que lo que había tomado por un muerto era el tronco de un árbol que el tiempo había derribado; con lo que desapareció todo temor y siguió tranquilo su camino.[{258}]
A poco andar, ve pasar algo extraño por entre los árboles, y el caballo vuelve a detenerse: era un león. Prepara el viajero un trabuco que llevaba consigo, que era el arma que se usaba en aquellos tiempos, y después de disparar, ve que lo que le había parecido un león era la sombra que proyectaba la cumbre de un cerro vecino.
Cuando concluyó de pasar la montaña y entró al valle, le sale al encuentro una viuda,[L] a caballo, que sigue el camino a la par de él. El caballero le dirige la palabra, pero ella no le contesta. Después de avanzar largo trecho, en silencio, uno al lado del otro, la viuda deja su caballo y de un salto se sienta al anca de la cabalgadura de su compañero, que intenta tomarla, pero no encuentra a nadie.