Tomó Lucero un poco de dinero y provisiones para un mes y con un abrazo se despidió de su hermana, prometiendo volver antes de los treinta días.
A los siete de marcha, le salió al encuentro la misma viejecita que había hablado con Sol.
—¡Una limosnita, mi caballerito!
Lucero le dió un pan y un buen pedazo de queso.
—¡Gracias, hijito! ¿Y se puede saber a dónde va?
—¡Cómo no! Voy en busca de mis padres, a quienes no conozco, ni sé siquiera dónde se encuentran, y de mi hermano mayor, que hace más de un mes salió de la casa, en la misma diligencia que yo y aún no ha vuelto.
Lucero contó su historia a la viejecita, que la escuchó atentamente como si no la conociera, y una vez que terminó, le dió las mismas instrucciones que a su hermano y le entregó los tres ovillos.
Llegó Lucero al palacio del Rey ciego, quien, con las correspondientes recomendaciones, le hizo entregar el caballo.
Cuando estuvieron en la plazoleta, el caballo se puso[{86}] a bailar alrededor del árbol, pero Lucero permaneció tranquilo hasta que el bruto se detuvo. Se bajó entonces, y con algún trabajo pudo subir por el tronco hasta el cogollo, que cortó.
En cuanto Lucero estuvo en tierra, el Arbol comenzó a cantar melodiosamente, y cantando dijo al niño: