—Sigue el camino que está al frente de tí, y donde termina encontrarás un pozo; toma una jarro que hallarás a su lado, y sentándote en el brocal, espera que las aguas suban hasta llegar al borde; entonces solamente llenarás el jarro. En seguida viertes un poco del agua que saques sobre las piedras que encuentres alrededor del pozo y a la entrada de esta plazoleta, sin temor de que el agua se acabe, porque es inagotable, y verás que las piedras se convierten inmediatamente en hombres, pues lo son, y entre ellos está tu hermano, que se han convertido en guijarros por no seguir fielmente las instrucciones que recibieron del Rey ciego, ni las que yo les dí.
Llegó Lucero al pozo, tomó el jarro y se sentó en el brocal, esperando que las aguas, que subían con una lentitud desesperante, alcanzaran hasta arriba; pero transcurrían las horas, una tras otra, se acercaba la noche, y aún faltaba medio metro para que las aguas tocaran el borde del brocal. El niño era nervioso y no aguantó más; se inclinó hacia el interior, introdujo el jarro en el agua, pero apenas tocó el líquido, una fuerza violenta lo arrojó hacia atrás y al caer en el suelo quedó, como su hermano, convertido en piedra.
Luna esperó pacientemente la vuelta de Lucero; pero trascurrió el mes y no apareció. Tomó entonces dinero y provisiones para un largo viaje y se puso en marcha, dispuesta a no regresar sin sus hermanos.
A los siete días de camino se encontró con la viejecita.
—¡Una limosnita, mi señorita, para esta pobre vieja!
—¡Cómo no, mamita! ¡Con mucho gusto! Y dígame antes ¿vive usted sola?
—No, mi hijita, me acompañan siete nietecitos, que no tienen padre ni madre y cuyo único sostén es esta pobre vieja desvalida.
La niña, que era muy bondadosa y compasiva entregó a la anciana la mitad de las provisiones y del dinero que llevaba. La viejecita se deshizo en agradecimientos, y le preguntó:
—¿A dónde va, mi hijita?