—En busca de mis padres a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran, y de dos hermanos que salieron con el mismo objeto y que no han vuelto, a pesar de haber transcurrido de más el plazo que fijaron para su regreso. Y le contó su historia.
—Yo, hijita, la ayudaré a encontrarlos, y créame que los encontrará. El bien que se hace, tiene que ser premiado. Tome estos tres ovillos de hilo y ande todo el largo de ellos; al concluirlos, llegará al palacio de un Rey ciego, quien le indicará lo que debe hacer en seguida.
Anduvo la hermosa niña hasta concluir los tres ovillos de hilo, en lo cual demoró siete días completos. Entró al palacio del Rey ciego, que la recibió afablemente y le dió las mismas instrucciones que a sus hermanos. Cuando le trajeron el caballo, lo acarició pasándole la mano por la cabeza y por el cuello, y le decía:
—¡Qué pelo tan suave! Si parece que fuera de seda. ¡Qué caballo tiene vuestra Majestad, señor Rey! Yo nunca he visto otro de tan buen porte y tan proporcionado como éste!
El caballo, como si comprendiera las alabanzas de la niña, relinchaba alegremente.
Montó Luna en él, y despidiéndose del Rey, partió a toda carrera.
Más o menos a medio día llegaron a un hermoso prado atravesado por un arroyuelo de limpidísimas aguas. La niña invitó al caballo a que se detuviera para bajarse, y el animal se paró. Descendió la niña, le quitó el freno y le dijo, acariciándolo:[{88}]
—Come, caballito lindo, y bebe y descansa que bastante falta te hace, pues has corrido tanto y debes sentirte fatigado.
Después de solazarse el caballo un par de horas, él mismo se acercó a Luna, que volvió a montar y continuó su marcha.
Todos los días, hasta completar el séptimo, que llegaron a la plazoleta, Luna dió dos horas de descanso a su cabalgadura, escogiendo siempre los sitios mejor empastados y con buena agua, para que el noble bruto pudiera reponerse.