El caballo dejó su preciosa carga cerca del Arbol, el cual inmediatamente se puso a cantar las más armoniosas melodías, e inclinó su copa hacia la niña, como si la convidara a cortar el cogollo; lo cual, ejecutado por Luna, el Arbol la invitó a que fuera a traer el agua de la vida.
Cuando la niña llegó al pozo, el agua alcanzaba al borde del brocal, así es que inmediatamente llenó el jarro sin dificultad. En el mismo momento en que Luna introducía el jarro en el agua, un hermosísimo loro de brillantes y variadas plumas se posó en su hombro derecho y la saludó:
—Buenos días, bella Luna.
—Buenos los tengas tú, preciosa ave. ¿Eres tal vez el Loro adivino, que me ayudará a encontrar a mis padres?
—Sí, yo soy. Apresúrate a verter agua de la vida sobre las piedras para que volvamos pronto al palacio del Rey ciego e irnos, en seguida, a tu casa.
Comenzó la niña a echar agua sobre las piedras que rodeaban el brocal del pozo, y al mojar la primera se levantó Lucero, que abrazó cariñosamente a su hermano. Apenas el agua tocaba una piedra, se alzaba un hombre: un conde, un marqués, un príncipe. Continuó con las que estaban a la entrada de la plazoleta, y al caer el agua sobre la primera de éstas, apareció Sol. Los tres hermanos se estrecharon entre sus brazos, y Sol y Lucero agobiaban a Luna a preguntas, que ella contestaba risue[{89}]ña, sin dejar de echar agua sobre las piedras. Terminada esta tarea, montó a caballo y salió de la plazoleta seguida de una multitud de apuestos jóvenes, que lanzaban hurras y vivas a su libertadora: jamás rey ni reina llevó tan numeroso y escogido séquito ni fueron tan aclamados como lo fué Luna en esta ocasión.
A poca distancia de la plazoleta la avenida se dividía en tres caminos, y allí se despidieron todos de los tres hermanos, tomando cada cual el que le convenía. Sol, Lucero y Luna siguieron por el que conducía al palacio del Rey ciego, al que llegaron en breve tiempo, porque parece que las distancias se habían acortado.
Se desmontó la niña del caballo y el Loro le dijo al oído:
—Humedece con el agua de la vida los ojos del Rey y en seguida arroja un poco de la misma agua a la cabeza del caballo.
La niña obedeció, y el Rey recobró la vista y el caballo se convirtió instantáneamente en el más hermoso y gallardo príncipe que haya pisado la tierra. El Rey y el Príncipe se abrazaron tiernamente.