—¡Por fin han terminado nuestras penas—dijo el Rey—gracias a esta heroica niña!
Y refirió a los tres hermanos que hacía veintiún años que una bruja, su enemiga, lo había dejado ciego a él y había encantado a su hijo, situaciones que debían durar hasta que alguien se apoderara del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino.
El Príncipe, que se había enamorado de Luna, pidió a su padre que lo dejara casarse con ella, si ella lo aceptaba por esposo. Luna manifestó su alegría ante tal petición; pero el Rey les observó que, aun cuando él aceptaba plenamente esta unión, era menester esperar que los niños encontraran a sus padres para pedirla en matrimonio. Se convino en que se haría así, y al otro día partieron nuestros pequeños héroes.
Cuando nuestros viajantes llegaron a su casa, Luna plantó la rama del Arbol que canta en medio del jardín,[{90}] y en tres días había crecido tanto y estaba tan corpulento como el árbol de que provenía. El Loro adivino vivía en sus ramas y solía acompañar en sus cantos al Arbol, que era la delicia de todo el vecindario.
La fama de este Arbol maravilloso se extendió por todo el país y bien pronto llegó a oídos del Rey, que quiso conocerlo; y al efecto, acompañado de la Corte, de sus cuñadas y de muchas damas, se trasladó a la casa de los niños.
Lo primero que llamó la atención de todos fué la hermosura incomparable de los tres hermanos y la simpatía que despertaban.
Parecía que el Arbol hubiese reservado sus mejores cantos para esta visita: las melodías que entonó eran tan dulces, tan suaves, tan armoniosas, que el Rey y su comitiva se quedaron extasiados escuchándolo y las horas pasaron sin sentirlas.
De pronto el Arbol calló y poco a poco el auditorio volvió en sí. El Rey fué el primero en hablar:
—¡Qué cosa tan extraordinaria—dijo—que un árbol cante!
El Loro habló entonces, con voz entera y clara, que todos oyeron perfectamente: