—Es verdad, su Majestad, que es muy extraordinario; pero no tanto como el que una mujer dé a luz tres perros, en vez de tres criaturas, cosa que tan fácilmente hicieron creer a vuestra Majestad sus cuñadas.
—¿Cómo? ¿Qué dice ese Loro?
—Yo contaré a vuestra Majestad cómo pasaron las cosas. Pero ante todo, haga vuestra Majestad que amarren bien a sus cuñadas a un árbol, porque al ver que se van a poner en descubierto sus picardías, tratarán de escabullirse y huir. Y ordene también que inmediatamente saquen a la Reina de su entierro, porque si no sale luego de ahí, morirá; y que la traigan aquí, pues su presencia es necesaria.
El Rey dispuso que, con fuertes correas, ataran a un[{91}] árbol a las hermanas de su mujer, y que, sin demora, libraran a la Reina del emparedamiento en que estaba y la trajeran.
Momentos después llegó la Reina en silla de manos. Los doce años de encierro y la falta de alimentos la habían convertido en un esqueleto viviente; no podía andar, ni tenía fuerzas para hablar. Pero Luna, apenas la vió, como impulsada por un resorte, corrió a su habitación y volviendo con el jarro del agua de la vida le dió a beber un trago. Al punto la Reina se levantó de la silla en que estaba sin ánimos y como muerta, revestida de su antigua juventud, belleza y esplendor; y al verla, los personajes de la Corte, sin poder contenerse, prorrumpieron en gritos de júbilo, aclamando a su soberana.
El Loro pidió que le escucharan, y al instante se hizo el silencio mas profundo. Entonces refirió como las hermanas de la Reina corroídas por la envidia, aprovecharon la ausencia del Rey para substituir por tres perrillos despreciables los hermosos hijos que Flor-María había tenido y que, como lo había prometido, nacieron el uno con el Sol en la frente, el otro con el Lucero y la niña con la Luna llena; cómo Flor-Rosa los había echado al arroyo en una artesa y habían sido salvados por el hortelano; cómo se habían criado y crecido ignorando su origen; y por fin, cómo Luna había logrado conquistar al Arbol que canta, al Agua de la vida y al Loro adivino, que era él.
El Rey preguntó:
—¿Y cómo podré encontrar a mis hijos?
—Ahí están, al lado de la Reina; que les quiten las fajas que cubren su frente y vuestra Majestad los reconocerá.
La Reina se apresuró a descubrir la frente de sus hijos; y si bellos los había encontrado el Rey y los personajes de sus séquitos cuando entraron a la huerta, más hermosos aparecieron a su vista despojados del paño que les ocultaba la frente y la cabeza. La Reina no se cansaba de acariciarlos, y ellos le pagaban su cariño cubriéndola de besos y llamándola «mamacita querida».[{92}]