Bueno, pues. Al otro día bien de albita, fueron los pajes a ver si los caballos habían matado al Medio-pollo, y casi se fueron de espaldas cuando vieron al Medio-pollo arriba de un árbol cantando a todo lo que le daba el pico, como haciéndoles burla porque se había comido todos los caballos. Así lo creían ellos, porque ellos no sabían que se los había comido el León. Y entonces se fueron corriendo donde el Rey y se lo contaron todo.

Bueno. El Rey se quedó todo admirado y es que les dijo:

—Yo no puedo matar a ese Medio-pollo que me ha traído esta naranja de oro de regalo. Ustedes sabrán lo que con él hacen, pero les prohibo que lo maten.

Bueno. Entonces el paje principal es que le dijo:

—Si su Sacarrial Majestad quiere, lo echamos a este Medio-pollo al potrero donde están las vacas y ahí lo matan con seguridad.

El Rey no dijo nada; y entonces lo echaron al potrero de las vacas.

Bueno, pues. El pobre Medio-pollito se vió todo afligido entremedio de las patas de tantísima vaca, y no hallaba qué hacerse, porque con el susto se le había olvidado que todavía tenía adentro del buche al Tigre; y entonces de puro miedo se le escapó un pedito, y donde se le abrió el potito salió el Tigre hecho una fiera y se comió todititas las vacas; y arrancó después para la Cordillera.

Al otro día bien tempranito, con las diucas, se fueron[{98}] los pajes para el potrero de las vacas, y cuando vieron que no quedaba ni una ni para un remedio, casi se cayeron muertos, y en nada estuvo que no se quedaron muertos de la rabia cuando vieron al Medio-pollo encaramado en una rama y que se reía de ellos y cantaba ¡cucurucú! ¡cucurucú!

Bueno, pues. Se fueron entonces todos furiosos donde el Rey, y es que le dijeron:

—Señor, hay que matar a este Medio-pollo, porque tiene al diablo metido adentro del cuerpo; se ha comido en la noche todas las vacas, y si lo dejamos con vida nos va a comer a todos nosotros.