Entonces el Rey es que les dijo:
—¿Cómo voy a matar a este Medio-pollo que me ha traído un regalo tan bueno? Ya he prohibido que lo maten.
—Bueno, pues, señor,—dijo el paje principal—no lo mataremos; pero si su Sacarrial Majestad no se enoja, lo echaremos al horno del pan para que se ase al rescoldo, porque, en la de no, nos va a comer a todos.
Entonces esos brutos echaron al Medio-pollito al horno, cuando estaba bien caldeado, y el pobrecito casi se cagó del susto. Se arrimó como pudo a la boca del horno y se puso a pensar:—¿Qué hago yo? Si me largo un pedito, con el vientecito que eche van a crecer las llamitas y me quemo más lueguito.
Ya se le estaban chamuscando las plumitas al pobrecito.
Bueno, pues. El Medio-pollito no se acordaba que tenía metido el Río en el buche; pero con el calor de las llamitas principiaron a alborotarse las aguas y a sonarle las tripitas, y entonces, medio muerto de gusto, se acordó del Río y pujó con todas sus fuerzas, y entonces es que salió toda el agua de un de repente y apagó el fuego. Y como era la hora en que venían los pajes, se ahogaron toditos y no quedó ni unito.
Entonces fué el Medio-pollo donde el Rey y es que le dijo:[{99}]
—Ya están muertos todos esos condenados que me querían matar.
Entonces el Rey, muy contento de ver vivo al Medio-pollito, es que le dijo:
—Yo les había prohibido a mis pajes que te mataran. Y ¿qué vais a hacer ahora Medio-pollito?