¿Habéis visto el toro Farnesio, alzarse bajo la luz pausilípea, en su simplicidad descomunal?

¿no os parece al mirarlo en la vastitud de la sala blanca, sin penumbras, que las entrañas del Pentélico se han abierto para dar paso á ese cornúpeto enorme, pronto á lanzar sus mugidos contra el cielo y á escalar los astros para pisotearlos, con sus pezuñas, vírgenes del polvo de la Tierra?

se diría que en la obscura virilidad de sus ojos ausentes, duerme todo el vértigo enloquecido, de la Noche; que en su garganta duerme el crepitamiento de un mar y se le miran los lomos enormes, por ver si brotan de ellos las alas descomunales, que se despliegan bajo las crineras de oro de los bueyes taciturnos del Apocalipsis;

es la Fuerza, la Fuerza enorme de la Naturaleza, poderosa, arrogante y terrible;

leyendo á Homero, decía Miguel Angel, se mira uno, para ver si tiene quince codos de alto, como los héroes del Poema;

la familiaridad con lo grande; engrandece;

es un fenómeno de óptica moral;

saliendo de las representaciones de Esquilo, donde las mujeres en cinta daban á luz y la epilepsia, se desarrollaba en los niños; los mozos golpeaban enardecidos, sus escudos contra las estatuas, gritando: ¡Patria! ¡Patria!..

una fiebre heroica los poseía, como si los muertos de Maratón, gritasen todos, por sus bocas;