hay una extraña similitud, entre estos dos pueblos, guerreros tenaces y rapaces, fanatizados por un terrible Ideal, impulsados por el fanatismo religioso y llevados por él á través de la Historia, como por un huracán, estéril y fatal;

esa supervivencia de idolatría árabe, ha sido el Alfa y el Omega de la Historia de ese pueblo á través de los siglos, y ha hecho el alma nacional, roja, como las arenas del desierto, negra, como la sombra de una montaña, en la noche;

alma de Kalifa y de Monje;

Sacerdotal y marcial;

Omar y Loyola;

bajo cada héroe hay un fraile, bajo cada fraile hay un héroe;

en todos esos guerreros y esos monjes, que llenan las historias, las comedias y las pinturas, de los siglos florecientes del alma española, ¿qué nota impera? la nota roja; la nota negra;

esos Señores, con gorguilla y ferreruelos que en el Museo del Prado, emergen de las telas negras, sus cabezas pálidas y anormales, como obsesionados de un tenaz sueño de rapiña y de gloria, tuvieron el alma roja, roja como las manos: fueron los hombres de Flandes y de América; guerreros y conquistadores; hombres de presa; hombres de sangre;

y, esos obispos, esos abades, esos frailes, que en el Silencio de las sacristías, destacan de las telas mal pintadas y del gris opaco de sus sayales, sus cabezas de buitres pensativos, con miradas torvas de asesinos: todos ellos tuvieron el alma negra; fueron los hombres de la Inquisición;