el último esfuerzo del Arte, es, este sugerimiento de la Belleza Interior, este don de poner alas en los espíritus, esta facultad de abrir en lo desconocido, horizontes incitativos al vuelo;
esa ampliación ilimitada, de la óptica espiritual, es privilegio exclusivo de aquellos seres raros y fugitivos, que tienen en su mano la antorcha del Genio, esa antorcha inseparable, que termina por arder y calcinar la misma mano que la levanta en la noche;
esa facultad de hacernos sentir, lo que no nos han dicho, y, no nos dirán jamás, y, de hacernos prosternar ante el Verbo virgen, que yace en el labio mudo, es, la más alta aptitud de los Escritores Optimos, de aquellos cuyo pensamiento vive en la nube vertiginosa del Símbolo, cercano á la tenebrosa obscuridad del Misterio;
y, Valle-Inclán, posee esa aptitud, en enormidad;
el pavor que se siente, mirando ese río de tinieblas, que es la Poesía Hebraica, os asalta leyendo los vastos poemas de Valle-Inclán, llenos de un espiritualismo vehemente; de un acre deseo de Infinito;
es como un Isaías, sin cóleras, coronado de rosas de Israël;
los nardos de sus prosas, os embriagan, os sumen en soñaciones y añoranzas;
la emoción personal, intensa y dolorosa, se oculta bajo la frase altanera, como el rostro de un hidalgo, bajo el embozo de la capa; pero, los ojos, los terribles ojos obsesionantes del espíritu, quedaban allí, brillando como soles:
sólo Mæterlinck tiene ese poder de ideación, y, os deja esta impresión inaccesible é inexplicable despótica y dulce á la vez, que os dejan los libros de Valle-Inclán;