Miquelcho repuso desabrido:

—No.

Y comenzó a tirar. Todos guardaron silencio. Algunos ojos se volvían desapacibles, fijándome una mirada rápida, y tornaban su atención a las cartas. Fray Ambrosio llamó con un gesto al seminarista que estaba peinando el naipe, y que lo soltó por acercarse. Habló el Fray:

—Señor Marqués, no me recuerde lo de esta noche... ¡No me lo recuerde por María Santísima! Para decidirme había estado bebiendo toda la tarde.

Aún barboteó algunas palabras confusas, y asentando su mano sarmentosa en el hombro del seminarista, que se nos había juntado y escuchaba, dijo con un suspiro:

—Este tiene toda la culpa... Le llevo como segundo de la partida.

Miquelcho me clavó los ojos audaces, al mismo tiempo que enrojecía como una doncella:

—El dinero hay que buscarlo donde lo hay: Fray Ambrosio me había dicho cuánta era la generosidad de su amigo y protector...

El exclaustrado abrió la negra boca, con tosco y adulador encomio:

—¡Muy grande! En eso y en todo, es el primer caballero de España.