Algunos jugadores nos miraban curiosos. Miquelcho se apartó, recogió los naipes y continuó peinándolos. Cuando terminaba, dijo al viejo de los espejuelos:

—Corte, Don Quintiliano.

Y Don Quintiliano, al mismo tiempo que alzaba la baraja con mano temblona, advertía risueño:

—Cuidado, que yo doy siempre vizcas.

Miquelcho echó un nuevo albur sobre la mesa, y se volvió hacia mí:

—No le digo que juegue porque es una miseria de dinero lo que se tercia.

Y el viejo de los espejuelos, siempre evangélico, añadió:

—Todos somos unos pobres.

Y otro murmuró a modo de sentencia:

—Aquí sólo pueden ganarse ochavos, pero pueden en cambio perderse millones.