Miquelcho, viéndome vacilar, se puso en pie brindándome con la baraja, y todos los clérigos me hicieron sitio en torno de la mesa. Yo me volví sonriendo al exclaustrado:
—Fray Ambrosio, me parece que aquí se quedan los dineros de la partida.
—¡No lo permita Dios! Ahora mismo se acaba el juego.
Y el fraile, de un soplo mató la luz. Por las
ventanas se filtraba la claridad del amanecer
y un son de clarines alzábase dominando
el hueco trotar de los caballos sobre
las losas de la plaza. Era una
patrulla de Lanzas
de Borbón.
ON CARLOS, A PESAR del temporal de viento y de nieve, resolvió salir a campaña. Me dijeron que desde tiempo atrás sólo se esperaba para ello a que llegase la caballería de Borbón. ¡Trescientas lanzas veteranas, que más tarde merecieron ser llamadas del Cid! El Conde de Volfani, que había venido con aquella tropa, formaba entre los ayudantes del Rey. Al vernos mostramos los dos mucho contento pues éramos grandes amigos, como puede presumirse, y cabalgamos emparejadas las monturas. Los clarines sonaban rompiendo marcha, el viento levantaba las crines de los caballos, y la gente se agrupaba en las calles para gritar entusiasmada:
—¡Viva Carlos VII!