En lo alto de las angostas ventanas guarecidas bajo los aleros negruzcos, asomaba de largo en largo, alguna vieja: Sus manos secas sostenían entornada la falleba al mismo tiempo que con voz casi colérica, gritaba:
—¡Viva el Rey de los buenos cristianos!
Y la voz robusta del pueblo contestaba:
—¡Viva!
En la carretera hicimos alto un instante. El viento de los montes nos azotó tempestuoso, helado, bravío, y nuestros ponchos volaron flameantes, y las boinas, descubriendo las tostadas frentes, tendiéronse hacia atrás con algo de furia trágica y hermosa. Algunos caballos relincharon encabritados, y fué un movimiento unánime el de afirmarse en las sillas. Después toda la columna se puso en marcha. La carretera se desenvolvía entre lomas coronadas de ermitas. Como viento y lluvia continuaron batiéndonos con grandes ráfagas, ordenóse el alto al cruzar el poblado de Zabalcín. El Cuartel Real aposentóse en una gran casería que se alzaba en la encrucijada de dos malos caminos, de ruedas uno y de herradura el otro. Apenas descabalgamos nos reunimos en la cocina al amor del fuego, y una mujeruca corrió por la casa para traer la silla de respaldo donde se sentaba el abuelo y ofrecérsela al Señor Rey Don Carlos. La lluvia no cesaba de batir los cristales con ruidoso azote, y la conversación fué toda para lamentar lo borrascoso del tiempo, que nos estorbaba castigar como quisiéramos a la facción alfonsina que ocupaba el camino de Oteiza. Por fortuna cerca del anochecer comenzó a calmar el temporal. Don Carlos me habló en secreto:
—¡Bradomín, qué haríamos para no aburrirnos!
Yo me permití responder:
—Señor, aquí todas las mujeres son viejas. ¿Queréis que recemos el rosario?
El Rey me miró al fondo de los ojos con expresión de burla.
—Oye, dinos el soneto que has compuesto a mi primo Alfonso: Súbete a esa silla.