Los cortesanos rieron: Yo quedé un momento mirándolos a todos, y luego hablé, inclinándome ante el Rey:
—Señor, para juglar nací muy alto.
Don Carlos al pronto dudó: Luego, decidiéndose, vino a mí sonriente, y me abrazó:
—Bradomín, no he querido ofenderte: Debes comprenderlo.
—Señor, lo comprendo, pero temí que otros no lo comprendiesen.
El Rey miró a su séquito, y murmuró con severa majestad:
—Tienes razón.
Hubo un largo silencio, sólo turbado por el rafagueo del viento y de las llamas en el hueco de la chimenea. La cocina comenzaba a ser invadida por las sombras, pero a través de los vidrios llorosos, se advertía que en el campo aún era la tarde. Los dos caminos, el de herradura y el de ruedas, se perdían entre peñascales adustos, y en aquella hora los dos aparecían solitarios por igual. Don Carlos me llamó desde el hueco de la ventana, con un gesto misterioso:
—Bradomín, tú y Volfani vendréis acompañándome. Vamos a Estella, pero es preciso que nadie se entere.
Yo, reprimiendo una sonrisa, interrogué: