N LA LUMINOSA pereza de la tarde, con todos los cristales del mirador dorados por el sol y las palomas volando sobre nuestras cabezas, Isabel y las niñas hablaban de ir conmigo a Lantañón para saber cómo había llegado el tío Don Juan Manuel. Isabel me preguntó:

—¿Qué distancia hay, Xavier?

—No más de una legua.

—Entonces podemos ir a pie.

—¿Y no se cansarán las pequeñas?

—Son muy andarinas.

Y las niñas apresuradas, radiantes, exclamaron a un tiempo: