—¡No! ¡No!... El año pasado hemos subido al Pico Sagro sin cansarnos.

Isabel miró hacia el jardín:

—Creo que tendremos buena tarde...

—¡Quién sabe! Aquellas nubes traen agua.

—Pero esas se van por otro lado.

Isabel confiaba en la galantería de las nubes. Nosotros dos hablábamos reunidos en el hueco de una ventana contemplando el cielo y el campo, mientras las niñas palmoteaban dando gritos, para que asustadas volasen las palomas. Al volverme vi a Concha: Estaba en la puerta, muy pálida, con los labios trémulos. Me miró, y sus ojos me parecieron otros ojos: Había en ellos afán, enojo y súplica. Llevándose las dos manos a la frente murmuró:

—Florisel me dijo que estabais en el jardín.

—Hemos estado.

—¡Parece que os ocultáis de mí!

Isabel repuso sonriendo: