—Sí, para conspirar.

Cogió a las niñas de la mano, y salió llevándoselas consigo. Quedéme a solas con la pobre Concha, que anduvo lánguidamente hasta sentarse en un sillón. Después suspiró como otras veces, diciendo que se moría. Yo me acerqué festivo, y ella se indignó:

—¡Ríete!... Haces bien, déjame sola, vete con Isabel...

Alcé una de sus manos y cerré los ojos, besándole los dedos reunidos en un haz oloroso, rosado y pálido.

—¡Concha, no me hagas sufrir!

Ella agitó los párpados llenos de lágrimas, y murmuró en voz baja y arrepentida:

—¿Por qué quieres dejarme sola?... Ya comprendo que tú no tienes la culpa... ¡Es ella, que sigue loca y que te busca!...

Sequé sus lágrimas y le dije:

—No hay más locura que la tuya, mi pobre Concha... Pero como es tan bella, no quisiera verla nunca curada...

—Yo no estoy loca.