—No, un aventurero veneciano.
—¿Y un aventurero?...
Yo la interrumpí:
—Se arrepintió al final de su vida.
—No tuvo tiempo, aun cuando dejó escritas sus confesiones.
—¿Como San Agustín?
—¡Lo mismo! Pero humilde y cristiano, no quiso igualarse con aquel doctor de la iglesia, y las llamó Memorias.
—¿Vos las habéis leído?
—Es mi lectura favorita.