—¡Y qué hacerle, chinita! Llevas a colgar alguna cosa.
—¡Como no lleve la frazada del catre!
—Empeñas el relojito.
—¡Con el vidrio partido, no dan un boliviano!
El Cruzado se descolgaba el cebollón de níquel, sujeto por una cadena oxidada. Y antes que la chinita, adelantose a tomarlo el Coronel de la Gándara:
—¡Tan bruja estás, Zacarías!
Suspiró la comadre:
—¡Todo se lo lleva el naipe, mi jefecito! ¡Todo se lo lleva la ciega ofuscación de este hombre!
—¡Sí que no vale un boliviano!
El Coronelito voltea el reloj por la cadena, y con risa jocunda lo manda al cenagal, entre los marranos: