Empeñitos de Quintín Pereda. — La chinita se detuvo ante el escaparate, luciente de arracadas, fistoles y mancuernas, guarnecido de pistolas y puñales, colgado de ñandutís y zarapes: Se estuvo a mirar un buen espacio: Cargaba al crío sobre la cadera, suspenso del rebozo, como en hamaca: Con la mano barríase el sudor de la frente: Parejo recogía y atusaba la greña: Se metió por la puerta con humilde salmodia:

—¡Salucita, mi jefe! Pues aquí estamos, no más, para que el patroncito se gane un buen premio. ¡Lo merece, que es muy valedor y muy cabal gente! ¡Vea qué alhajita de mérito!

Jugaba sobre el mostrador la mano prieta, sin sacarse el anillo. Quintín Pereda, el honrado gachupín, declinó en las rodillas el periódico que estaba leyendo y se puso las antiparras en la calva:

—¿Qué se ofrece?

—Su tasa. Es una tumbaga muy chulita. Mi jefecito, vea no más los resplandores que tiene.

—¡No querrás que te la precie puesta en el dedo!

—¡Pues sí que el patroncito no es baqueano!

—¡Hay que tocar el aro con el agua fuerte y calibrar la piedra!

La chinita se quitó el anillo, y, con un mohín reverente, lo puso en las uñas del gachupín:

—Señor Peredita, usted me ordena.