Agazapada al canto del mostrador, quedó atenta a la acción del usurero, que, puesto en la luz, examinaba la sortija con una lente:
—Creo conocer esta prenda.
Se avizoró la chinita:
—No soy su dueña. Vengo mandada de una familia que se ve en apuro.
El empeñista tornaba al examen, modulando una risa de falso teclado:
—Esta alhajita estuvo aquí otras veces. Tú la tienes de la uña, muy posiblemente.
—¡Mi jefecito, no me encuelgue tan mala fama!
El usurero se bajaba los espejuelos de la calva, recalcando la risa de Judas:
—Los libros dirán a qué nombre estuvo otras veces pignorada.
Tomó un cartapacio del estante y se puso a hojearlo. Era un viejales maligno, que al hablar entreveraba insidias y mieles, con falsedades y reservas. Había salido mocín de su tierra, y al rejo nativo juntaba las suspicacias de su arte y la dulzaina criolla de los mameyes: Levantó la cabeza y volvió a ponerse en la frente los espejuelos: