—¡La Guadalupita me valga! Denantes le antepuse que no es mía la prenda. Vengo mandada del Coronelito.

—Tendrás que justificarlo. Recibe los tres soles y no te metas en la galera.

—Patroncito, vuélvame el anillo.

—Ni lo sueñes. Te llevas los tres soles, y si hay engaño en mis sospechas, que venga a cerrar trato el legítimo propietario. Esta alhajita se queda aquí depositada. Mi casa es muy suficientemente garante. Recoge la plata y camínate luego luego.

—¡Señor Peredita, es un escarnio el que me hace!

—¡Si debías ir a la galera!

—Señor Peredita, no me denigre, que va equivocado. El Coronelito está en un apuro y queda no más esperando la plata. Si recela hacer trato, vuélvame la tumbaguita. Ándele, mi jefecito, y no me sea horita malo, que siempre ha sido para mi muy buena reata.

—No me sitúes en el caso de cumplir con la ley. Si te dilatas en recoger la moneda y ponerte en la banqueta, llamo a los gendarmes.

La chinita se revolvió amendigada y rebelde:

—¡No desmentís el ser gachupín!