—¡Hasta la segunda quincena!
—Me duele negarme. Pero hay que defenderse, niña, hay que defenderse. Si no cumplen me veré en el dolor de retirarles el pianito. Acaso para ustedes represente una tranquilidad quitarse la carguita de los plazos. ¡Todo hay que mirarlo!
El ciego se torcía sobre la chicuela:
—¿Y perderíamos lo entregado?
Encareció con mieles el empeñista:
—¡Naturalmente! Y aún me cargo yo con los transportes y el deterioro que representa el uso.
Murmuró, acobardado, el ciego:
—Alargue usted el plazo a la segunda quincena, Señor Peredita.
Tornó a su encarecimiento meloso el empeñista:
—¡Imposible! ¡Me estoy arruinando con las complacencias! ¡Ya no puede ser más! ¡He puesto fechos al corazón para no verme fregado en el negocio! ¡Si no tengo nervio, entre todos me hunden en la pobreza! Hasta mañanita puedo alargarles el plazo, más, no. Vean de arreglarse. No pierdan aquí el tiempo.