Suplicó la niña:
—¡Señor Peredita, dilate su plazo a la segunda quincena!
—¡Imposible, primorosita! ¡Qué más quisiera yo que poder complacerte!
—¡No sea usted de su tierra, Señor Peredita!
—Para mentar a mi tierra, límpiate la lengua contra un cardo. No amolarla, hijita, que si no andáis con plumas, se lo debéis a España.
El ciego se doblaba rencoroso, empujando a la niña para que le sacase fuera:
—España podrá valer mucho, pero las muestras que acá nos remite son bien chingadas.
El empeñista azotó el mostrador con el rebenque:
—Merito pónganse en la banqueta. La madre patria y sus naturales estamos muy por encima de los juicios que pueda emitir un roto indocumentado.
La mustia mozuela, con acelero, llevábase al padre por la manga: