—Al campo insurrecto.
—Necesito viático de plata.
El Coronelito saltó en la riba fangosa, y a par del indio se puso a mirar por encima del cercado. Descollaba entre palmas y cedros el campanario de la iglesia con la bandera tricolor. Las tierras del rancho, cuadriculadas por acequias y setos, se dilataban con varios matices de verde y parcelas rojizas recién aradas. Piños vacunos pacían a lo lejos. Algunos caballos mordían la hierba, divagando por el margen de las acequias. Una canoa remontaba el canal: Se oía el golpe de los remos: En la banca bogaba un indio de piocha canosa, gran sombrero palmito y camisote de lienzo: En la popa venía sentado Niño Filomeno. La canoa atracó al pie de una talanquera. El Coronelito salió al encuentro del ranchero:
—Mi viejo, he venido para desayunar en tu compañía. ¡Madrugas, mi viejo!
El ranchero le acogió con expresión suspicaz:
—He dormido en la capital. Me había mudado con el aliciente de oír la palabra de Don Roque Cepeda.
Se abrazan y, en buenos compadres, alternativamente se suspenden en alto.
II
Caminando de par por una senda de limoneros y naranjos, dieron vista a la casona del fundo: Tenía soportal de arcos encalados y un almagreño encendía las baldosas del soladillo. Colgaban de la viguería del porche muchas jaulas de pájaros, y la hamaca del patrón en la fresca penumbra. Los muros eran vestidos de azules enredaderas. El Coronelito y Filomeno descansaron en jinocales parejos, bajo la arcada, en la corriente de la puerta, por fondo, una cortinilla de lilailos japoneses. Son los jinocales unos asientos de bejuco y palma, obra de los indios llaneros. Al de la piocha canosa ordenó el patrón que sacase aparejo de vianda para el desayuno, y a la mucama, negra mandinga, que cebase el mate. Tornó Chino Viejo con un magro tasajo de oveja, y en lengua cutumay explicó que la niña ranchera y los chamacos estaban ausentes por haberse ido a la fiesta de iglesia. Aprobó el patrón no más que con el gesto, y brindó del tasajo al huésped. El Coronelito clavó media costilla con un facón que sacó del cinto, y puesta la vianda en el plato, levantó el caneco de la chicha. Reiteró el latigazo por tres veces, y se animó consecutivamente:
—¡Compadre, me veo en un fregado!