—Don Roque, sus enseñanzas no pueden serme sino muy gratas. Pero entre flores tan doctas me ha puesto usted un rejón que aún me escuece. ¿Por qué juzga que mi actuación revolucionaria será siempre mediocre? ¿Qué relaciones establece usted entre la conciencia religiosa y los ideales políticos?
—¡Mi viejo, son la misma cosa!
—¿La misma cosa? Podrá ser. Yo no lo veo.
—Hágase usted más meditativo y comprenderá muchas verdades que solo así le serán reveladas.
—Cada persona es un mundo, y nosotros dos somos muy diversos. Don Roque, usted vuela muy remontado, y yo camino por los suelos, pero el calificativo que me ha puesto de mediocre revolucionario es una ofuscación que usted padece. La religión es ajena a nuestras luchas políticas.
—A ninguno de nuestros actos puede ser ajena la intuición de eternidad. Solamente los hombres que alumbran todos sus pasos con esa antorcha logran el culto de la Historia. La intuición de eternidad trascendida es la conciencia religiosa: Y en nuestro ideario, la piedra angular, la redención del indio, es un sentimiento fundamentalmente cristiano.
—Libertad, Igualdad, Fraternidad, me parece que fueron los tópicos de la Revolución Francesa. Don Roque, somos muy buenos amigos, pero sin poder entendernos. ¿No predicó el ateísmo la Revolución Francesa? Marat, Danton, Robespierre...
—Espíritus profundamente religiosos, aun cuando lo ignorasen algunas veces.
—¡Santa ignorancia! Don Roque, concédame usted esa categoría para sacarme el rejón que me ha puesto.
—No me guarde rencor, se la concedo.