Se dieron la mano, y par a par en las hamacas, quedaron un buen espacio silenciosos. En el fondo de la cuadra, entre un grupo de prisioneros, seguía perorando el Doctor Sánchez Ocaña. El gárrulo fluir de tropos y metáforas resaltaba su frío amaneramiento en el ambiente pesado de sudor, aguardiente y tabaco del calabozo número tres.
III
Don Roque Cepeda convocaba en torno de su hamaca un grupo atento a las lecciones de ilusionada esperanza que vertía con apagado murmullo y clara sonrisa seráfica. Don Roque era profundamente religioso, con una religión forjada de intuiciones místicas y máximas indostánicas: Vivía en un pasmo ardiente, y su peregrinación por los caminos del mundo se le aparecía colmada de obligaciones arcanas, ineludibles como las órbitas estelares: Adepto de las doctrinas teosóficas, buscaba en la íntima hondura de su conciencia un enlace con la conciencia del Universo: La responsabilidad eterna de las acciones humanas le asombraba con el vasto soplo de un aliento divino. Para Don Roque los hombres eran ángeles desterrados: Reos de un crimen celeste indultaban su culpa teologal por los caminos del tiempo, que son los caminos del mundo. Las humanas vidas con todos sus pasos, con todas sus horas, promovían resonancias eternas que sellaba la muerte con un círculo de infinitas responsabilidades. Las almas, al despojarse de la envoltura terrenal, actuaban su pasado mundano en límpida y hermética visión de conciencias puras. Y este círculo de eterna contemplación —gozoso o doloroso— era el fin inmóvil de los destinos humanos, y la redención del ángel en destierro. La peregrinación por el limo de las formas, sellaba un número sagrado. Cada vida, la más humilde, era creadora de un mundo, y al pasar bajo el arco de la muerte, la conciencia cíclica de esta creación se posesionaba del alma, y el alma, prisionera en su centro, devenía contemplativa y extática. Don Roque era varón de muy varias y desconcertantes lecturas, que por el sendero teosófico lindaban con la cábala, el ocultismo y la filosofía alejandrina. Andaba sobre los cincuenta años. Las cejas, muy negras, ponían un trazo de austera energía bajo la frente ancha, pulida calva de santo románico. El cuerpo mostraba la firme estructura del esqueleto, la fortaleza dramática del olivo y de la vid. Su predicación revolucionaria tenía una luz de sendero matinal y sagrado.
LIBRO TERCERO
CARCELERAS
I
Bajo la luz de una reja, hacían corro jugando a los naipes hasta ocho o diez prisioneros. Chucho el Roto tiraba la carta: Era un bigardo famoso por muchos robos cuatreros, plagios de ricos hacendados, asaltos de diligencias, crímenes, desacatos, estropicios, majezas, amores y celos sangrientos. Tiraba despacio: Tenía las manos enjutas, la mejilla con la cicatriz de un tajo y una mella de tres dientes. En el juego de albures, hacían rueda presos de muy distinta condición: Apuntaban en el mismo naipe charros y doctores, guerrilleros y rondines. Nachito Veguillas estaba presente: Aún no jugaba, pero ponía el ojo en la pinta y con una mano en el bolso se tanteaba la plata. Vino una sota y comentó, arrobándose:
—¡No falla ninguna!
Volviose y tributó una sonrisa al caviloso jugador vecino, que permaneció indiferente: Era un espectro vestido con fláccido saco de dril que le colgaba como de una escarpia. Nachito recaló su atención a la baraja: Con súbito impulso sacó la mano con un puñado de soles, y los echó sobre la pulgona frazada que en las cárceles hace las veces del tapete verde:
—Van diez soles en el pendejo monarca.